He tenido pesadillas varios días seguidos. Atribuyo este fenómeno al estado acontrariado de mi mente, que empieza a protestar por la sobreexplotación a la que es sometida después de acostumbrarse a cierto equilibrio entre trabajo y descanso. He trabajado más horas, también me he desvelado menos. Someto mi cuerpo a actividades físicas para agotarlo y favorecer la llegada del sueño más temprano.
Cualquiera diría que eso está bien, dormir lo reglamentario. Sin embargo he restado a mi contradictoria amiga sus lapsos de divertimento, cuando se ponía a dibujar historias en el techo, donde las protagonistas eran arañas o lagartijas semitransparentes con las que convivo por miedo. Hace falta escuchar los sonidos turbios de entre noche y madrugada, cuando se apagan uno a uno los televisores y los vecinos cierran sus puertas, dejan de pasar carros y motos, se extinguen los gritos de niños latosos o las discusiones domésticas, dando paso a un silencio que no es del todo absoluto, pero que le permite a ella hablar en voz alta, vociferar tontería y media, resolver encrucijadas, torturar solo por diversión, hasta eso hace falta.
Yo duermo, ella sigue despierta…